Es por eso que a continuación publicaré la biografía de Rolando Mellafe escrita a su memoria por su amigo y colega Cristián Guerrero Yoacham.
ANALES DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE, Sexta Serie, N° 2, diciembre de 1995, pp. 187-194
Por Cristián Guerrero Yoacham
Nacido en Santiago el 19 de mayo de 1929, hijo de don Rafael Mellafe Rodríguez y de doña Axa Rojas Molina, Rolando realizó sus estudios en el Liceo Barros Borgoño, Liceo Integral N° 1 y en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile.
En los años de su formación universitaria, Rolando recibió la guía orientadora de notables maestros, entre otros, don Juan Gómez Millas, don Ricardo Donoso Novoa, don Guillermo Feliú Cruz y don Eugenio Pereira Salas; especialmente estos dos últimos, de quienes fue ayudante y profesor auxiliar. En 1960 y 1961, gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, Rolando hizo cursos de perfeccionamiento en Antropología, Demografía Histórica, Sociología e Historia Económica y Social en la acreditada Universidad de California en Berkeley, orientado por el profesor Woodrow Borah. En ese centro académico definió para siempre su vocación y los campos de su quehacer intelectual.
Titulado profesor de Historia, Geografía y Educación Cívica en 1958 en la Universidad de Chile, la sirvió con verdadero amor trabajando por un lapso de 44 años en el Departamento de Ciencias Históricas, donde desempeñó todos los cargos correspondientes a las jerarquías del escalafón académico, desde ayudante ad-honorem, en 1951, hasta profesor titular, en 1985; y decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades entre 1988 y 1990.
Desde 1960 a 1970 integró la planta del Centro de Investigaciones de Historia Americana, unidad académica creada por don Eugenio Pereira Salas con el aporte de la Fundación Rockefeller. La labor realizada por el centro, en un corto tiempo, le mereció alcanzar un alto prestigio internacional. El centro fue subsumido en el Departamento de Historia como consecuencia de la fatídica reforma universitaria a fines de la década, causando con ello un daño irreparable que repercutió negativamente en los laboriosos profesores que allí trabajaban.
Rolando colaboró también con la Escuela de Estudios Económicos Latinoamericana, ESCOLATINA (1963 – 1964), la Escuela de Graduados de la Facultad de Filosofía y Educación (1967 – 1970), el Curso Interamericano de Salud y Dinámica de la Población de la Escuela de Salubridad (1968 – 1969) y la Escuela de Sociología (1968 – 1969), estas tres últimas de la Universidad de Chile.
Después de su jubilación en 1994, debida a la cruel enfermedad que le afectó durante largo tiempo – la que, con todo, nunca pudo doblegar su recio espíritu –, continuó trabajando en sus investigaciones, dictando algunas clases y participando en diferentes actividades hasta el día de su deceso.
La docencia impartida por Rolando tenía características muy peculiares que eran apreciadas por sus alumnos: trato amigable y simpático aunque parco en palabras; confianza mutua, relación directa, simple y sencilla; un profesor que orientaba y guiaba con cariño y dedicación, generosidad, sabiduría y mucha prudencia, cada paso del estudiante en el proceso del aprendizaje, ya fuera un seminario, en un curso o en la elaboración de una tesis. Siempre preciso en sus planteamientos, reflexionando y razonando, sin imponer jamás sus propias ideas y respetando todas las posiciones y puntos de vista ajenos, dejaba que el estudiante llegara a sus propias conclusiones; exigente en los requerimientos y en las evaluaciones, buscaba que el alumno rindiera al máximo de sus capacidades; jamás se precipitaba y sus enseñanzas y recomendaciones eran atinadas y prácticas, ajustadas a una ética estricta y con ello daba prueba de buen criterio, sólidos principios y gran inteligencia. Así se convirtió en un verdadero formador, en un educador notable y de excelencia que también se preocupaba por el bienestar espiritual y material de los educandos, para alcanzar las metas que se proponía. En todas las instituciones en que enseñó (Universidad de Chile, Universidad de Santiago de Chile, Universidad de Texas, Universidad Agraria de La Molina, Universidad de Toronto y Universidad de Wisconsin), dejó una huella imborrable y un recuerdo permanente por su calidad docente y son muchísimos los ex alumnos que pueden testimoniar y comprobar lo afirmado.
Desde muy joven como alumno y ayudante de los profesores Feliú Cruz y Pereira Salas, Rolando tuvo como preocupación principal la investigación historiográfica, buscando siempre la originalidad en los temas y en la metodología. Se inició en esta actividad con espíritu crítico pero constructivo, respetando las obras historiográficas precedentes que, en cualquier forma, le estimulaban a hacerse nuevas preguntas y a formularse nuevos planteamientos y problemas; a iniciar esa inquietud permanente que tuvo por indagar en aspectos poco estudiados o sencillamente vírgenes. Así, centrándose en el marco geográfico americano y chileno y en el referente temporal del período indiano, abordó tópicos de historia social y económica, luego se preocupó de recopilaciones documentales, más tarde de historia demográfica, la historia cuantitativa y finalmente la historia de las mentalidades. También incursionó en temáticas chilenas y latinoamericanas del período republicano, de preferencia estudios historiográficos, historia agraria e historia institucional. Así, desde 1953, fecha de sus dos primeras publicaciones (una reseña a la obra de don Mario Góngora, El Estado en el Derecho Indiano y una bibliografía sobre el descubrimiento de América) hasta su último libro, escrito en colaboración con su ayudante Lorena Loyola Goich, La memoria de América colonial. Inconsciente colectivo y vida cotidiana, publicado en Santiago en 1994, Rolando reunió una prolífera bibliografía integrada aproximadamente por unos 15 libros, 100 o más artículos, notas, prólogos, reseñas bibliográficas, informes de investigación, incluyendo tres textos de estudio para la educación media que preparó junto a otros profesores. En la imposibilidad de analizar todo este inmenso trabajo, aún en sus aspectos más generales, solamente citaré aquellos títulos que a mi juicio son los más relevantes: Diego de Almagro y el descubrimiento del Perú (Santiago, 1954); Barros Arana, americanista (Santiago, 1958); La introducción de la esclavitud negra en Chile. Tráfico y rutas (dos ediciones, Santiago, 1959 y 1984); La esclavitud en Hispanoamérica (dos ediciones, Buenos Aires, 1964 y 1972); Breve historia de la esclavitud en América Latina (México, 1973); Negro Slavery in Latin America (Los Angeles-Berkeley, 1975. Esta obra fue traducida al japonés y publicada por la casa editora Iwanami Shoten en Tokio, en 1979); Demografía histórica de América Latina. Fuentes y métodos (en colaboración con Carmen Arretx y Jorge L. Somoza, San José de Costa Rica, 1983; Sociedad y población rural en la formación de Chile actual: la Ligua 1700-1850 (en colaboración con René Salinas Meza, Santiago, 1988); Historia de la Universidad de Chile (en colaboración con Antonia Rebolledo y Mario Cárdenas, Santiago, 1992); y la ya citada La memoria de América colonial. Inconsciente colectivo y vida cotidiana.
Convendría recordar también otros importantes trabajos, entre los que se cuentan el realizado con Luis Vidales, XII censo general de población y I de vivienda, tomo I, “Resumen del país” (Santiago, 1956); el tomo I de la segunda serie de la Colección de Documentos Inéditos para la Historia de Chile, 1575-1680 (en colaboración con Álvaro Jara, Santiago, 1956), la introducción y notas al Ensayo sobre Chile de Vicente Pérez Rosales (Santiago, 1986) y sus variados artículos sobre historia de la familia, problemas del salario en el Virreinato peruano, historia agraria, historia de las migraciones, estudios demográfico-cuantitativos sobre nupcias, fertilidad y mortalidad, historiografía e historia de las mentalidades.
En opinión del autor de estas líneas, en toda la bibliografía citada está implícita la impronta típica de la metodología usada por Rolando Mellafe, la que calza íntegra y cabalmente con lo que don Mario Góngora llamaba “rigor en humanidades”, no solo en el sentido de precisión, austeridad y absoluta correspondencia con las fuentes, sino, también, emisión del juicio objetivo sin aparato literario decorativo o exageraciones. Además de aquella frase, tal cual y como la aplicó Rolando, “es la vida comprendiendo a la vida, es la existencia comprendiéndose a sí misma a través del diálogo”[1]; y, por ello, la metodología y los resultados de su aplicación en las temáticas elegidas terminan en verdadera historia, en la que el hombre es el único actor de todo acontecer. Así, los temas más áridos, en su visión, pasan a ser amenos, entretenidos y novedosos; la cuantificación adquiere sentido y deja de ser un número para transformarse en una realidad humana, la que nunca debieron perder. Y todo ello porque Rolando Mellafe era en esencia un humanista, un experto en la naturaleza humana, requerimiento ineludible de un buen historiados. Nada de lo humano le era ajeno y todo lo humano le era conocido. En otras palabras, Rolando, por su humanismo, sabía historia y sabía historiar.
Si la docencia y las publicaciones fueron un regalo generoso para transmitir su saber y cooperar a la formación de profesores e investigadores, su contribución a la extensión universitaria fue también una entrega de su erudición a sectores más amplios. Numerosos viajes a países extranjeros, para dictar charlas y conferencias, especialmente invitado, son una prueba de lo que afirmamos. En un currículum vitae que he tenido a la vista, preparado en 1986, aparece como organizador de 33 ciclos de conferencias, seminarios nacionales e internacionales, simposium, mesas redondas, jornadas y la dirección académica de una Escuela Internacional de Verano en la Universidad de Chile. Por otra parte, el mismo currículum señala que dictó más de 130 conferencias en diferentes centros de estudios superiores. En definitiva, una labor extraordinariamente fructífera y meritoria en este campo.
Igualmente, Rolando Mellafe participó como miembro integrante, asesor o consejero de diversos organismos chilenos y extranjeros que solicitaron su colaboración. Así, deben destacarse sus labores como consultor del Centro Latinoamericano de Demografía, en el Departamento de Desarrollo de la Investigación Científica de la Universidad de Chile (actual Departamento Técnico de Investigación-DTI), en el Departamento de Extensión y Relaciones Interiores de la misma Universidad, en la Comisión de Evaluación Académica de la Facultad de Filosofía y Humanidades, en diversas comisiones del Consejo de Rectores, Conicyt y Fondecyt, en múltiples comités del Departamento de Ciencias Históricas, en la presidencia de la comisión encargada de elaborar la prueba de Historia de Chile para los procesos de admisión a las Universidades chilenas, en la dirección de la revista “Cuadernos de Historia”, y en los comités editoriales de “Social History. A Canadian Review”, “Histórica” (revista de la Universidad Católica del Perú), y “Statical Abstract of Latin America)” (Universidad de California, Los Ángeles). Este aspecto del trabajo de Rolando culminó con el nombramiento como miembro titular del Consejo Superior de Educación, cargo que desempeñó entre 1990 y 1994.
En calidad de experto, prestó servicios profesionales al Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina entre 1955 y 1957, al Centro Latinoamericano de Demografía (CELADE) entre 1972 y 1973 y a la Organización de las Naciones Unidas entre 1975 y 1979, que lo contrató para coordinar programas de investigación demográfica.
El inmenso trabajo desarrollado por Rolando Mellafe fue reconocido nacional e internacionalmente. Entre 1957 y 1961 fue becario de la Fundación Rockefeller; en 1978 ganpo en concurso una beca del Social Science Research Council, y el 1979 la Fundación Tinker lo becó para realizar investigaciones sobre historia de la familia en Chile. En 1958 fue agraciado por la Academia Chilena de la Historia con el Premio Miguel Cruchaga Tocornal por su memoria de prueba La introducción de la esclavitud negra en Chile. La misma Academia lo eligió Miembro de Número (Medalla N° 7, que antes habían ostentado don Alberto Cruchaga Ossa y don Pedro Lira Urquieta) en su sesión del 11 de octubre de 1983, incorporándose en la Junta Pública del 9 de octubre de 1984, en la que presentó uno de sus trabajos más notables: “Inquisición y mentalidades”, publicado en el N° 95 (1984) del Boletín de la Corporación. Al año siguiente, 1985, fue nombrado Miembro Correspondiente de la Real Academia de la Historia, Madrid, España. En 1986 fue distinguido con la Medalla de Honor Benjamín Vicuña Mackenna otorgada por el Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna, que ese año era dirigido por el notable escritor Carlos Ruiz-Tagle Gandarillas, prematuramente fallecido.
En agosto de 1986, Rolando recibió en Premio Nacional de Historia, la máxima distinción que otorga Chile a los que se distinguen en el cultivo de esta ciencia. En 1992 recibió la Medalla Sesquicentenario de la Universidad de Chile, en su calidad de profesor titular, por haber “prestado inestimables servicios a la Corporación por más de 30 años, en forma ininterrumpida, en los que se ha destacado por su extraordinaria dedicación en cumplimiento de los altos ideales universitarios…”, según reza el diploma correspondiente.
Me ha sido extraordinariamente difícil redactar estas líneas. Hay razones muy sencillas, que explico a continuación, que impiden mi objetividad.
Conocí a Rolando Mellafe en 1955 cuando ingresé como alumno al Instituto Pedagógico. De inmediato surgió entre nosotros una amistad franca, sincera y verdadera que mantuvimos incólume durante 40 años y que, a pesar de su partida, no se ha interrumpido porque lo siento muy presente. Ambos fuimos alumnos de don Eugenio Pereira Salas, a quien considerábamos como un verdadero padre. Trabajamos durante esos 40 años en el Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile y, paralelamente, 10 años en el Centro de Investigaciones de Historia Americana, dirigidos por don Eugenio. Rolando me recibió en Berkeley en 1961 y me introdujo en la gran Universidad de California donde él había estado desde el año anterior. También compartimos muchas experiencias y vicisitudes organizando actividades académicas, participando en seminarios, ciclos de extensión y en las actividades normales de docencia. Ambos fuimos elegidos para integrar la Academia Chilena de la Historia, ambos recibimos el Premio Miguel Cruchaga Tocornal, fuimos becarios Rockefeller y nos agraciaron con las medallas Vicuña Mackenna y Sesquicentenario Universidad de Chile. Cuando fue decano me confió importantes trabajos, siempre solicité su apoyo para que revisara mis trabajos y a mi vez le ayude con la revisión de la ya citada Historia de la Universidad de Chile. En los últimos diez o doce años solíamos encontrarnos en vacaciones en Pichidangui, balneario al que yo concurría con frecuencia desde la vecina caleta de Los Molles. En pocas palabras, en 40 años de amistad nos conocimos en profundidad y fuimos verdaderos amigos, algo hermoso en la vida.
Así pude apreciar en él una personalidad extraordinaria. Un hombre bueno, un hombre de bien, verdadero amigo de sus amigos, sincero, leal, sencillo al extremo, enemigo de los oropeles y de las superficialidades. Hombre de sólidos principios morales, siempre buscó la verdad y la autenticidad y era incapaz de crear problemas o de desfavorecer a alguien. Por el contrario, la bondad y generosidad eran preponderantes en su carácter. Rolando gustaba de la conversación amena – con un buen café y un cigarrillo –, del diálogo fértil y productivo, sin entrar jamás en polémicas, a las que le tenía terror, al igual que don Eugenio Pereira y yo. Se deleitaba con la música clásica y las artes plásticas; pero su pasión estaba en los libros y sin quererlo ni pensarlo se convirtió en bibliógrafo y bibliófilo especializado en temas chilenos y americanos. Durante mucho tiempo fue filatélico y entendía de sellos y timbres.
Rolando fue un hombre de hogar, amaba entrañablemente a su mujer María Teresa y a sus hijas Carolina y Alejandra. María Teresa fue su gran colaboradora en muchos trabajos y en su familia encontró todo el apoyo necesario para sus grandes empresas intelectuales; en su hogar, Rolando fortificaba el espíritu para enfrentar situaciones difíciles, especialmente durante la larga enfermedad que en forma cruel lo fue minando poco a poco. Su físico se fue deteriorando, pero su espíritu jamás se abatió, y enfrentaba con verdadera valentía, con desafío, se podría decir, cada nuevo embate. Nunca se doblegó ante la adversidad y sabía sobreponerse a todo; su sonrisa y buen humor ocultaban la realidad que padecía.
La personalidad de Rolando Mellafe también se definió por su ponderación y ecuanimidad y ello lo demostró en los cargos directivos universitarios, en especial cuando situaciones inimaginables ocurrían en la Universidad de Chile, como fueron la reforma de fines de la década del ’60 y la crisis de 1987. Siempre ponderado, aportaba ideas, proponía soluciones y buscaba lo mejor para la Universidad, a la que amó en forma auténtica. Cuando dejó el decanato de la Facultad de Filosofía y Humanidades en 1990, en su discurso de despedida dijo que después de 1973 había recibido muchas ofertas de Universidades extranjeras que le ofrecía posiciones envidiables y altísimos sueldos, incomparables con lo que se podía ganar en Chile, pero que él había decidido trabajar para la Universidad de Chile, y que nunca se había arrepentido de tal decisión.
Rolando Mellafe fue un historiador notable y su obra tendrá plena vigencia para siempre. Fue un precursor de la historia cuantitativa y de la historia de las mentalidades y un cultivador de gran solidez de la historia social y Económica y de los estudios historiográficos. Pero también fue un gran humanista y para él, como lo ha escrito don Ricardo Krebs, “la historia es siempre historia del hombre y lo que él procura conocer son los misterios insondables de la existencia humana”[2].
Con la muerte de Rolando Mellafe Rojas, Chile pierde a uno de sus más destacados historiadores, la Universidad de Chile a un maestro eximio, otras instituciones dedicadas al estudio de la historia a un desinteresado y fiel colaborador, y yo un amigo muy querido a quien siempre apreciaré y estimaré como a un hermano mayor.
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